Lo que nos estábamos perdiendo

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BURNING MAN 2016
20 septiembre, 2016

Lo que nos estábamos perdiendo

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En el día de ayer tuve dos experiencias espectaculares de las que les quisiera hablar.

La primera fue poder visitar lugares que nos había quitado la guerra, lugares que por años fueron territorio de la guerrilla, lugares que al igual que cientos de miles en este país, son joyas de la naturaleza, con una impresionante fauna y flora.

Salimos desde Salento con rumbo hacia la Línea, en la vía que es conocida como el Camino Real o Camino Nacional que por siglos fue la ruta de mayor importancia en la Nueva Granada pues comunicaba la provincia de Cauca con Santafé, además era ruta de comercio y movilización de caballería, indígenas, científicos, visitante extranjeros  y militares, como José Celestino Mutis (Expedición Botánica), el sabio Francisco José de Caldas, Alejandro von Humboldt, Juan Bautista Boussingault , Ernst Rothlisberger, y demás miembros de las tropas patriotas y realistas.
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Pero esta misma ubicación estratégica y facilidad en la movilización entre la espesura de la cordillera y varios departamentos del país, atrajo a los grupos ilegales, (especialmente la guerrilla)  que por años dominaron esta zona, extorsionando a los campesinos, finqueros y dueños de las tierras. Zona que seguro muchos no recuerdan pero hace un par de décadas era vetada para el turismo, los deportes, el camping o cualquier otra actividad de esparcimiento  pues era corredor de tropas, armas, drogas y bloques armados que huían de las autoridades y generaban terror en la vía que comunica a Bogotá con Buenaventura, quemando mulas, haciendo pescas milagrosas y cobrando vacunas.

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Luego llegaron los Paramilitares, que fortalecidos por el apoyo estatal intentaron desterrar a la guerrilla de este territorio, sembrando una batalla de sangre y dolor donde los campesinos terminaron siendo las principales víctimas en este fuego cruzado.

El 16 de Enero del 2009, tropas del Ejército Nacional asesinaron a José María Hoyos, Noé Peña Navarro e Islena García Valencia, campesinos conocidos de la zona, los cuáles fueron ejecutados a quemarropa, posteriormente vestidos con botas plásticas, equipo de comunicación y propaganda subversiva. Este fue uno de los tantos casos de los falsos positivos, que abundaron en todo el país durante esos 8 años de oscuridad y que han sido un arma sistemática del estado por décadas. Impunidad absoluta que retuerce las tripas.
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Ni que decir de la historia de Humberto Cañón, famoso por tener uno de los secretos mejores guardados de este país, con sus “Termales de Cañón”, sitio de visita obligado para montañistas en su ascenso al Nevado del Tolima y que fue cobardemente asesinado en Febrero de 2011, por proteger los nevados, por negarse a vender su paraíso y soñar con un corredor turístico ecoamigable.

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Hoy, 26 de Septiembre de 2016 cuando justamente se están firmando los acuerdos de Paz en Colombia, puedo decir que se siente un aire de cambio y de renovación, es que tan solo recorrer estos caminos y ver miles de ciclistas, cientos de extranjeros, múltiples hostales, hoteles, pistas de bicicletas entre muchas otras cosas más, regocija el alma, pues la sombra de la guerra parece ser solo un recuerdo, un mal recuerdo, de lo que alguna vez hubo por aquí y que ya solo queda plasmado en paredes y muros.
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Es poco creíble para propios y extraños que tan solo unos años atrás esta zona fuera de alerta roja, que por aquí nadie pudiera pasar sin pagar un “permiso”, que la guerra nos hubiera privado de disfrutar semejantes paisajes, semejantes lugares que asombran por su belleza.

 

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Así mismo como en Salento, Cocóra, La Línea y Toche, hay muchas zonas más en este país en el Guaviare, Cauca, Nariño, Putumayo, Vaupés, Meta, Guainía, Amazonas, Córdoba, Bolivar, Chocó, Antioquia, Cundinamarca, Risaralda, Caldas, Quindío, Tolima, Huila, entre otros que fueron propiedad de los grupos insurgentes, que conservan una belleza sin-igual, una riqueza natural única y que son joyas escondidas de la humanidad, que están allí para conservarlas y protegerlas pero también para admirarlas y disfrutarlas y que tengo fe que en los próximos años sean los íconos de la nueva Colombia, donde turistas nacionales y extranjeros puedan recorrer, sin el temor de ser secuestrado, o perder una extremidad con una mina antipersona o caer en el fuego cruzado, o ser vilmente asesinado, para ser luego presentados como miembros de un bando u otro.

Estamos ante una oportunidad única de poder disfrutar nuestro país, de poder recuperar el campo, de poder salir a practicar cualquier deporte, de poder vivir un futuro aunque no perfecto al menos sí diferente. Me cuesta entender que hayan personas que sigan pensando que la guerra termina con guerra, cuando por más de 50 años nos hemos dado cuenta que pasa todo lo contrario.

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Mi segunda experiencia fue demasiado extrema e inolvidable. El motivo de este viaje fue unirme a un grupo de amigos que hacen downhill y enduro, y hacer una de las pistas que cada semana utilizan para practicar.
La verdad nunca dimensioné el grado de dificultad del descenso y lo subestimé, es que para una persona que solo hace cross country o ciclomontañismo, un descenso por más agresivo que sea, es predecible y controlable, pero este deporte es otra cosa.

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Desde el primer minuto ya podía predecir lo que sería esta aventura, caminos angostos que exigen equilibrio con voladeros peligrosos a lo largo de la ruta, alambres de púas que demarcan el camino, piedras, rocas y troncos que se atraviesan intempestivamente llevando al límite los reflejos.

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Por años he estado rodeado por amigos que practican este deporte y siempre me había costado entender su adicción, personas que compran bicicletas de muchos millones de pesos, en vez de comprar un carro, amigos que tienen varias bicicletas y viven por y para ellas, que destinan todos sus ingresos a esto y “solamente para descender por una montaña”, que ingenuo que soy.

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Este deporte es putamente extremo, con una altísima dosis de adrenalina difícil de describir. Es demasiado exigente tanto física como mentalmente y es que hay que estar concentrado todo el tiempo porque un descuido y puede ser mortal.

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Lo que para ellos fue un día más de entreno para mí constituyó toda una travesía, me caí muchas veces, deterioré la bicicleta, sufrí raspones y moretones, es más, aunque suene exagerado, en un par de veces creo que me pude matar o al menos sufrir un grave accidente, que gracias a una suerte gigante no pasó a mayores.

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Pero no era solo yo, entre el grupo que íbamos fueron muchos los accidentados, decenas de llantas pinchadas, un rider con una herida abierta de puntos en su pierna, otro que se quedó sin frenos, otro que se abrió el dedo de la mano y muchos golpes, por fortuna nada que lamentar.

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Los músculos se agotan hasta llegar al punto que las manos dejan de responder para frenar, las pantorrillas duelen de pedaliar y cada caída va dejando mella en el cuerpo y en la mente. Al final estaba muy asustado en los descensos que entre más avanzaban más complejos y técnicos se volvían.

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Me encantó la experiencia de poder disfrutar semejantes lugares durante todo un día y con una sensación de adrenalina tan poderosa, pero es obvio que no estaba preparado para una ruta como estas, que requiere no solo de una bicicleta con unas características especiales que optimicen el descenso sino también una técnica adquirida que facilite el paso de tantos obstáculos.

Profunda admiración y respeto a todos los que practican este deporte, solo quien lo vive lo entiende y es que la bicicleta tiene como este miles de regalos que ofrecer y todos tan pero tan diferentes. De este deporte resalto los paisajes exuberantes con sus rutas mágicas entre pineras, valles, montañas, ríos, voladeros y precipicios, sumado a la sensación de descender velozmente mientras se van superando pruebas, lo que genera una sensación de temor y placer muy grande.

Gracias Colombia, por estos regalos, cada día te quiero más. Y gracias a los parceros, por la paciencia, el apoyo, el compañerismo y la buena vibra todo el viaje. Seguro que lo volveré a hacer pero en otras condiciones.

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